Marcelo Salinas | En órbita: La mayoría de las obras públicas se inaugura con un corte de listón y un discurso protocolario, pero algunas se convierten en una auténtica fiesta social. El Puente Nichupté pertenece a esa segunda categoría. Cancún y Quintana Roo celebran una obra histórica que no solo transformará la movilidad, sino también la calidad de vida de miles de familias.
Lo ocurrido el fin de semana alrededor de su inauguración oficial retrata fielmente el tamaño del momento: carreras deportivas, actividades ciudadanas, ambiente familiar y un concierto gratuito de Morat que reunió a miles de personas en una noche de celebración colectiva. Quizá la imagen más potente fue la de Claudia Sheinbaum y Mara Lezama recorriendo la nueva vía en bicicleta. Un mensaje político y social muy claro de la presidenta y la gobernadora: las grandes obras deben acercarse a la gente.
El Puente Nichupté no es únicamente concreto, acero y kilómetros sobre la laguna: es justicia social. Desde su concepción en planos, se trató de acortar las distancias físicas y también las brechas de la desigualdad que durante décadas marcaron la vida diaria de Cancún. Mientras miles de trabajadores tardaban horas para llegar a sus empleos o regresar a casa ya cansados por sus jornadas, la necesidad de otra vía de conexión se volvió un anhelo ciudadano. El bulevar Kukulcán había quedado chico.
Hoy esa demanda histórica es una realidad y, además, una realidad sin costo para la población. Nadie debe olvidar que el plan original incluía peaje. En tiempos donde muchas obras terminan convertidas en negocios privados o cargas económicas, el hecho de que sea gratuito tiene un enorme valor social y político. Habla de una visión distinta sobre la infraestructura pública.
El impacto será enorme. Más movilidad, menos tiempo perdido, mayor conectividad y una mejor dinámica urbana. Cancún necesitaba esta obra y Quintana Roo también. Por eso el ambiente que se vive no es de exageración: es el sentimiento de una antigua promesa, ahora cumplida al fin.
Debe decirse: el Puente Nichupté representa la continuidad de un proyecto de transformación impulsado desde el gobierno del presidente López Obrador y consolidado ahora por Sheinbaum junto a Mara. Una apuesta por obras con impacto social tangible, visibles en la vida cotidiana.
DESORBITADO
La oposición quedó atrapada en lo de siempre: sin plan, sin proyecto y apostando al fracaso. Durante meses pronosticaron escenarios catastróficos. En el colmo del absurdo, entre viernes y domingo no dejaron de expresarse en redes sobre derrumbes, desgracias y colapsos.
La realidad les pasa por encima. Una inmensa mayoría sabe perfectamente que este puente cambia sus vidas para bien.
(OPINIÓN PUBLICADA EN NOVEDADES.
LUNES 4 DE MAYO DE 2026).
