El costo del «fake»

Marcelo Salinas | En órbita: El mensaje político más directo del Cuarto Informe de Mara Lezama fue cuando decidió hablar de una «guerra política articulada» contra su persona y su gobierno.
La gobernadora no señaló con nombre a quienes están detrás de la ofensiva, aunque sí habló de «ambiciones personales», «simuladores de ocasión» e intentos por desacreditar los resultados de su administración para poner en riesgo la unidad de la 4T. El 2027 electoral como meta y motivo.
La acusación llegó, además, después de semanas de señalamientos, algunos han sido publicados por medios nacionales. Mara ha rechazado firme las versiones que considera falsas y ha cuestionado la intención de quienes las difunden.
Conviene detenerse en ese punto. Un asunto es investigar al poder y otra fabricar información para golpearlo o convertir una sospecha en sentencia.
Como respuesta, la primera mujer en gobernar Quintana Roo ha presentado avances y resultados extraordinarios en la comparación histórica, como la reducción de la deuda a la mitad; la inversión pública superior a los 200 mil millones de pesos; el alcance de los programas sociales (y la baja tasa de pobreza); el combate a la inseguridad (reconocido por la Federación); la magnífica infraestructura en el sector salud, entre otros. Como jefa de la 4T, ganó todo en 2024. Esa dimensión política, seguramente llena de frustración, miedo y coraje a rivales.
Pero no se trata solo de Mara: la mayoría de autoridades y protagonistas del proceso ha estado, muchas veces, bajo una andanada de ataques sin sustento, de cara al proceso comicial.
Cuando la política sustituye los argumentos por descalificaciones, el problema deja de ser exclusivamente de una autoridad, de sus adversarios o de Morena. El problema pasa a ser de todos.
¿Quién pierde con el lodo? La ciudadanía. La «guerra sucia» puede convertirse en herramienta electoral. Es lo que se busca, claramente.
En plena disputa por el 27, resulta ingenuo pensar que todas las ofensivas políticas son espontáneas y verídicas. Sería igualmente ingenuo asumir que toda crítica es una conspiración.
El costo del «fake» no lo paga quien lo fabrica ni necesariamente quien lo amplifica. Lo paga la sociedad cuando la mentira se confunde con la verdad, cuando la denuncia pierde valor y cuando el ciudadano termina sin saber a quién creerle.
El daño puede ser pasajero, e incluso solo electoral. En cambio, en la sociedad permanece la desconfianza, a veces injustamente. Cuando todos arrojan lodo, nadie termina limpio.

(OPINIÓN PUBLICADA EN NOVEDADES.
MIÉRCOLES 9 DE SEPTIEMBRE DE 2026).