Marcelo Salinas | En órbita: México entendía el turismo casi exclusivamente desde la lógica de los grandes hoteles, el turismo masivo y los destinos de sol y playa. Pero el país comenzó a mirar hacia otro modelo que gana fuerza: el turismo rural comunitario.
Lo más relevante es que ahora recibe un respaldo inédito desde distintos niveles de gobierno, pues se entiende que también puede convertirse en un motor de desarrollo económico, social y cultural.
La tendencia no es casual. El turista moderno ya no busca solamente hospedarse frente al mar. Con una creciente preferencia, miles de visitantes quieren experiencias auténticas, contacto con la naturaleza, identidad cultural y convivencia en comunidades que conservan tradiciones o modos de vida propios. Ahí aparece una enorme oportunidad para Quintana Roo, uno de los estados con mayor riqueza natural y cultural. En ese contexto, Playa del Carmen comienza a consolidar esa ruta distinta e inteligente.
La «Ruta de la Miel y la Selva», por ejemplo, se ha convertido en uno de los proyectos más interesantes en el Caribe mexicano y más allá de la península. No solo porque conecta a visitantes con poblaciones mayas y la tradición apícola de la región, sino porque además ha recibido reconocimientos internacionales, lo cual confirma que el turismo sustentable y de identidad sí puede competir en el ámbito global.
Detrás de ello hay visión política y capacidad de ejecución. La administración de Estefanía Mercado entendió que diversificar la oferta no es opcional. Apostar únicamente al modelo tradicional implicaría depender de un esquema vulnerable a crisis económicas, fenómenos naturales o cambios en las tendencias internacionales. En cambio, fortalecer proyectos comunitarios permite abrir nuevas oportunidades económicas para cientos de familias.
En esa tarea destaca el trabajo de Fabiana Briseño, secretaria municipal de Turismo, quien desarrolla esta agenda con visión territorial y enfoque sostenible. El turismo rural comunitario no se improvisa: requiere capacitación, organización social, promoción inteligente y acompañamiento institucional permanente.
Las ventajas son evidentes. La derrama económica llega directamente a las comunidades y no se concentra solamente en grandes cadenas.
Se preservan tradiciones, gastronomía, lengua y cultura local.
También se protege el entorno natural, porque selvas, cenotes y biodiversidad se convierten en parte central de la experiencia turística.
Además, este modelo fortalece el orgullo comunitario. Muchas comunidades dejan de ver sus tradiciones como algo del pasado y comienzan a entenderlas como una fortaleza económica y cultural hacia el futuro.
Quintana Roo tiene todo para convertirse en referente nacional en dicho rubro y Playa del Carmen parece haber entendido lo fundamental: el verdadero éxito turístico no solamente se mide en el número de visitantes, sino en cuántas personas logran mejorar su vida gracias al turismo.
Frente a ello, cobra sentido pasar del «todo incluido» al «todos incluidos«, como dicen desde el gobierno local.
(OPINIÓN PUBLICADA EN NOVEDADES.
VIERNES 15 DE MAYO DE 2026).
